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TALLER LA SOCIEDAD MEDIEVAL

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Taller La sociedad medieval

LA SOCIEDAD MEDIEVAL 


En la sociedad medieval había grupos privilegiados y no privilegiados. Los primeros constituían una minoría y correspondían a la nobleza y al orden eclesiástico.


La gran mayoría, formada por campesinos, carecía de privilegios y estaba sometida al poder de los señores. Era una sociedad estamental, en la cual se reconocían tres órdenes o estamentos: el clero, la nobleza y los campesinos.


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“Los que trabajan”: los campesinos 


La mayoría de la población correspondía a campesinos que habitaban en el dominio de un gran señor, noble o eclesiástico, del que dependían y con quien establecían relaciones señoriales.


Este actuaba como juez, les imponía multas y castigos, fijaba los pagos y las fechas de las tareas agrícolas, reglamentaba el uso del bosque, les cobraba por utilizar sus instalaciones e intervenía incluso en sus asuntos familiares. 


También podía exigirles ayuda en caso de guerra. Los campesinos debían realizar pagos que variaban según cada caso.


Consistían, en general, en entrega de productos (una parte de lo obtenido trabajando los mansos), prestaciones de trabajo (dedicar tiempo a construir y reparar instalaciones, caminos y puentes, así como a trabajar las tierras de la reserva) o una combinación de ambos. 


Taller La sociedad  medieval

Algunos campesinos tenían la categoría de siervos. Sus prestaciones y, sobre todo, su dependencia del señor eran mayores que la de los campesinos libres. 


No podían abandonar la tierra (por ello se denominaban “siervos de la gleba”) y para heredar y casarse debían tener la autorización del señor y pagarle. 


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La vida de los campesinos era muy difícil. Aunque trabajaban duro, tenían pocos bienes y sus vestimentas y viviendas eran muy modestas.


Con herramientas rudimentarias y terrenos pequeños, los cultivos rendían poco y, además, había que pagar al señor y a la Iglesia. 


Estaban subalimentados y bastaba una mala cosecha para dejarlos expuestos al hambre y a la amenaza de pestes y epidemias que cundían rápido por las malas condiciones de higiene.


La Iglesia los acogía a través del párroco que los bautizaba, los casaba, los visitaba si estaban enfermos y los consolaba en sus pesares, dándoles la esperanza de una mejor vida después de la muerte.


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“Los que combaten”: los nobles


Los nobles constituían un grupo privilegiado. Se distinguían por poseer extensas propiedades, muchas de las cuales correspondían a feudos, de donde deriva el nombre de nobleza feudal. 


Conformaban, además, una aristocracia de guerreros. La caballería se había constituido en la principal arma de combate de la época y era monopolizada por los nobles. Ser caballero requería de muchos recursos, ya que los equipos y los caballos eran muy costosos. 

 

La guerra era la actividad fundamental de los señores feudales. Solían combatir en verano, debido a las mejores condiciones climáticas y de aprovisionamiento.


La causa podía ser la irrupción de pueblos invasores, la ruptura de una alianza con otro señor feudal o la codicia de nuevas tierras. 


Taller La sociedad  medieval

Para proteger a personas que estaban bajo su amparo, contaban con construcciones defensivas que acogían a la población en caso de peligro, entre las cuales destacaron los castillos.


Estos solían ser fríos, húmedos y oscuros. El amoblado, de madera, era tosco y funcional. La luz principal era la diurna y el baño y la cocina no siempre se mantenían bien aseados. 


La vida de los nobles distaba de ser lujosa, pero se distinguían por contar con gran cantidad de sirvientes y por su mayor disponibilidad de alimentos, en un mundo amenazado por la escasez.


 Había también un tiempo para la recreación de los señores, la cual incluía la caza, la arquería, la cetrería y el torneo, actividades que favorecían las relaciones sociales, la ostentación de armas y caballos y la práctica y demostración de destrezas físicas para el combate.


“Los que oran”: el clero 


El orden eclesiástico, compuesto por el clero secular y regular, era un grupo privilegiado por su gran valoración social, así como por el hecho de estar exento de pagar impuestos y contar con tribunales especiales.


Además de su poder espiritual, la Iglesia Católica tenía influencia en la vida política y poder económico, pues recibía el diezmo y poseía nume¬rosas tierras que se incrementaban con las donaciones. 


En cuanto al clero secular, hasta el siglo X, el obispo de Roma, Pontífice Máximo o Papa, aún no era la autoridad indiscutida de la Iglesia y, por ello, los obispos tenían cierta independencia y un gran poder en sus diócesis.


El clero regular, por su parte, contaba con nu¬merosos monasterios de los benedictinos, a los que luego se sumaron nuevas órdenes como Cluny, Cister, La Cartuja, etc. 


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La Iglesia no se mantuvo al margen de las relaciones feuda¬les y eso le acarreó diversas dificultades. 


Hubo obispos y abades que recibieron feudos y, por tanto, se convirtieron en vasallos del rey o de grandes nobles, a quienes debían obediencia; asimismo, al entregar a otros parte de sus tierras se convirtieron en señores, tomando en sus manos funciones como impartir justicia, cobrar impuestos, etc., lo que se apartaba de la verdadera función del clero.


Todo esto se prestó para irregularidades, como el caso de grandes señores de la nobleza feudal que comenzaron a elegir a los obispos y abades de sus territorios, la venta de cargos eclesiásticos a nobles que querían tener familiares en la jerarquía de la Iglesia, etc. 

Taller La sociedad  medieval

A pesar de ello, el orden eclesiástico gozaba de gran prestigio por las funciones que cumplía en la sociedad.


 Además de las labores pastorales, desarrolladas sobre todo por los curas párrocos, y de la atención a los pobres, enfermos y desvalidos, el clero mantuvo un rol fundamental en la enseñanza y el desarrollo cultural.


La Iglesia se preocupó, además, de promover la paz, en un mundo teñido de violencia. Intervino para moderar las conductas bélicas de los nobles a través de la Paz de Dios y la Tregua de Dios. 


También propuso una espiritualidad que condujo al ideal del caballero cristiano, en el que se conjugaban los valores heroicos con la moral cristiana: el caballero debía defender su religión y proteger a todos los desvalidos.


 Desde el siglo XI, el Papa se fue consolidando como el indiscutido jefe de la Iglesia Católica, tarea en que jugaron un importante papel la orden de Cluny y algunos pontífices como Nicolás II y, sobre todo, Gregorio VII. 


El poder de la Iglesia y de su Pontífice, así como la importancia de la religión en la época medieval, quedarían de manifiesto a fines del siglo XI con la organización de las Cruzadas.


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