domingo, 9 de agosto de 2020

LA REPUBLICA ROMANA


En el año 509 a.C., mediante una rebelión, los romanos desterraron al rey Tarquino el Soberbio y pusieron fin al dominio etrusco y a la mo­narquía. La ciudad se independizó y, para evitar el poder personal, los romanos instauraron un nuevo sistema político que llamaron república. Se iniciaba así, al igual que en las poleis griegas, la práctica de elegir magistrados anuales.  En las asambleas llamadas comicios se votaban las leyes y cada año se elegían 2 cónsules, magistrados que gobernaban la ciudad y se con­trolaban mutuamente. Estos eran asesorados por un Consejo de Ancianos, el Senado, cuyos miembros ocupaban el cargo en forma vitalicia. En casos de grave peligro interior o exterior, los cónsules elegían a un dic­tador, a quien se concedía poder ilimitado hasta que se superara la emer­gencia o durante 6 meses como máximo.

En los inicios de la República el poder político estaba en manos de los patricios. Sus decisiones predominaban en los comicios, solo ellos podían ser cónsules y eran los pater familias quienes conformaban el Senado.  Si bien los plebeyos prestaban grandes servicios a la ciudad formando parte del ejército y pagando impuestos, no tenían influencia en las asam­bleas ni acceso a los cargos públicos. Decidieron entonces organizarse para obtener derechos y exigir participación. Formaron una asamblea plebeya cuyos acuerdos se denominaban plebiscitos y eligieron dirigen­tes, los tribunos de la plebe. Los patricios debieron ir accediendo a sus reclamaciones porque las sucesivas guerras en que participaban los ro­manos hacía imprescindible dos situaciones: que los plebeyos permane­cieran en el ejército y que no hubiera desórdenes al interior de la ciudad de Roma.

Debido a las demandas de los plebeyos y al crecimiento de la ciudad, la organización de la república se fue haciendo cada vez más compleja: se crearon nuevos comicios y magistraturas a las que finalmente los plebeyos pudieron acceder.  Se puede afirmar que en el siglo III a.C. los plebeyos habían logrado la igualdad con los patricios. Pero ya no era fácil distinguir claramente estos dos grupos. Desde que se habían permitido los matrimonios mixtos, los plebeyos ricos se unieron a los patricios formando una nueva nobleza. Como los cargos públicos no eran pagados, en la práctica solo los miem­bros de esa nobleza (los hombres ricos) accedían a ellos. La participación plena de todos los ciudadanos era solo teórica. La república romana nunca fue una democracia.


Desde los inicios de la República, Roma debió enfrentarse con pueblos que querían dominar la región. Fue­ron tiempos muy duros, pero ya desde mediados del siglo IV a.C., los romanos comenzaron a cosechar victorias en sucesivas guerras y a extender su dominio. En el lapso de casi dos siglos lograron conquistar:

La península Itálica, cuya unifica­ción bajo dominio romano se con­solidó a mediados del siglo III a.C.

El Mediterráneo occidental como resultado de las victorias de Roma sobre los cartagineses en las Guerras Púnicas. Estas se extendieron –con interrupciones– entre los años 246 a.C. y 146 a.C.

El Mediterráneo oriental donde ya en 133 a.C. se había logrado do­minar Asia Menor, Macedonia y Grecia.

La expansión romana fue realizada por un ejército romano discipli­nado y eficiente, que fue evolucionando en sus tácticas y armamentos hasta convertirse en el más poderoso del mundo antiguo. Las conquistas dieron a Roma poder, prestigio y grandes riquezas, como metales preciosos, esclavos y productos de todo tipo. Estas rique­zas llegaban por la vía de los botines de guerra, los impuestos que debían pagar los territorios dominados y el comercio de larga distancia.

 



En el aspecto social la expansión tuvo efectos dispares, beneficiando a unos y perjudicando a otros. Gracias a las conquistas, los miembros de la clase alta que ocupaban cargos políticos, aumentaron sus riquezas y tierras formando grandes latifundios trabajados por esclavos. Formaron la clase llamada orden senatorial. También fueron favorecidos quienes se enrique­cieron con los negocios, el comercio, el cobro de impuestos, etc., formando una nueva clase que se denominó orden ecuestre u orden de caballeros. Para los pequeños propietarios del grupo medio, en cambio, las con­quistas significaron la ruina. Las largas campañas los obligaban a aban­donar sus campos, no podían competir con los bajos precios de los pro­ductos que llegaban de las provincias y terminaron por perder sus tierras a manos de los nobles. Si optaban por ir a la ciudad, en Roma también era difícil encontrar trabajo pues había muchos esclavos. Era probable que allí se sumaran al proletariado, un grupo social muy pobre que subsistía con las donacio­nes del Estado o vendiendo sus votos a los candidatos políticos.

 

Con el proceso de expansión romana, el número de esclavos aumentó de manera considerable, y de hecho, la economía de Roma llegó a sus­tentarse en el trabajo esclavo. Pese a su importancia económica y a que sus funciones se diversificaron con la expansión (saliendo del ámbito exclusivamente familiar), las malas condiciones de vida de los esclavos no experimentaron grandes variaciones, llegando a producirse grandes sublevaciones que fueron duramente reprimidas, como la revuelta que lideró Espartaco en el siglo I a.C.

La expansión territorial de la república tuvo grandes repercusiones económicas y sociales. La clase alta, conformada por patricios y plebeyos enriquecidos, se vio favorecida con el aumento de tierras, la intensificación del comercio y el acceso a mano de obra esclava. En efecto, la anexión de Sicilia, región productora de trigo, les permitió importar este cereal a bajos precios, haciendo poco rentable su cultivo en la península. Los dueños de latifundios (grandes propiedades) en Italia se volcaron entonces a la ganadería y al cultivo de la vid y el olivo, productos de exportación de los que obtenían mayores ganancias.

La importación barata de trigo y otros cereales significó que los pequeños agricultores fueran contrayendo deudas que no podían pagar o debieran abandonar sus labores en el campo para servir al ejército en períodos de guerra. El resultado fue que muchos de ellos cayeron en la ruina al perder sus pequeñas propiedades. Obligados a emplearse como asalariados debían enfrentar la competencia de la mano de obra esclava, mucho más barata y abundante debido a las guerras de conquista. Se abrió, entonces, un nuevo período de luchas sociales en que la repartición de tierras en Italia ocupó un lugar central.


Durante el siglo II a.C., la exigencia de los plebeyos más pobres, los proletarios, de una más equitativa repartición de las tierras abrió un nuevo período de enfrentamiento social. Los hermanos Tiberio y Cayo Graco, elegidos tribunos de la plebe en los años 133 y 123 a.C., respectivamente, promovieron políticas para repartir tierras a los proletarios, pero su esfuerzo no tuvo resultados y fueron asesinados por orden de poderosos patricios. Tras la muerte de Cayo Graco se formó el partido popular, llamado así para diferenciarse del partido senatorial que defendía los intereses de los patricios.

Como consecuencia de las continuas guerras, la influencia de los generales en la vida política iba aumentando. A fines del siglo II a.C. el partido popular obtuvo el apoyo de Cayo Mario, un general que por sus victorias militares fue elegido cónsul en varias oportunidades (107 a 100 a.C.). Una de las medidas más importantes que tomó durante su gobierno fue reformar el ejército: permitió el ingreso de proletarios y decretó el pago de sueldos a los soldados, lo que lo profesionalizó. Por otro lado, estas medidas redundaron en que los conflictos sociales se expresaran como guerras civiles, ya que cada comandante exitoso contaba con el apoyo, casi incondicional, de sus legiones. Ante el éxito obtenido por Cayo Mario, tanto en el campo de batalla contra los enemigos de Roma, como en la reforma del ejército, el Senado respaldó a otro general, Sila, para defender sus intereses. Sila derrotó a Mario y logró ser nombrado dictador; bajo su gobierno fueron ejecutados muchos dirigentes de la plebe y anulados los derechos del pueblo.


En el año 60 a.C., Cayo Julio César, sobrino de Cayo Mario, líder del partido popular y gran jefe militar, llegó a un acuerdo político con otros dos comandantes, Pompeyo y Craso, dando origen al Primer Triunvirato.
Alianza concertada en el año 60 a.C entre los políticos de la Roma Antigua PompeyoCraso y Julio César. Los comicios les dieron el gobierno de las Provincias más importantes con facultades extraordinarias: Craso controló el Oriente, Julio César las Galias, a Pompeyo le correspondió Italia, España y África. La muerte de Craso en una batalla en Oriente cambió rápidamente el frágil equilibrio de poder; fue el fi n del triunvirato, y el Senado, preocupado por el gran prestigio que Julio César había ganado con la conquista de la Galia, decidió darle a Pompeyo el gobierno de Roma.

La victoria de Julio César sobre Pompeyo obligó al Senado a declararlo dictador el año 46 a.C. Temerosos de que el ascenso de César al poder significar el inicio de una monarquía, algunos senadores urdieron una conspiración y lo asesinaron el año 44 a.C. Dos de sus partidarios, Marco Antonio y Lépido formaron una nueva alianza con el sobrino de César, Octavio, para impedir que el poder pasara a manos del Senado, como lo deseaban los conspiradores. Este fue el origen del Segundo Triunvirato. Marco Antonio se hizo cargo de Oriente, Octavio de Occidente y Lépido de África. Roma sería gobernada conjuntamente por los triunviros. Sin embargo, el acuerdo se rompió: Octavio destituyó a Lépido del mando de sus legiones, mientras que Marco Antonio se estableció en Egipto gracias al apoyo de Cleopatra. Octavio resultó vencedor, Egipto fue ocupado y transformado en provincia romana. El año 27 a.C. Octavio recibió los títulos de Princeps (primer ciudadano), Sumo Pontífice (máxima autoridad religiosa) e Imperator (emperador), y el nombre de “Augusto” (venerable). Su poder no tuvo contrapeso.

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